Primer caso de dopaje tecnológico

El dopaje ha llegado a convertir al ciclismo profesional en un escenario de paranoia continua. Se conseguían ver fantasmas en las habitaciones de los hoteles, en los camiones de los equipos, en los lavabos, en los furgones de material deportivo. Durante años a los seguidores del Tour se les ponían las orejas tiesas cada vez que se topaban con un coche en la aduana. En el año 2010, segunda vez que Lance Amstrong se retiraba llevándose con él todo tipo de rumores, un periodista italiano denunció la existencia de otro tipo de dopaje, el tecnológico. Durante 6 largos años, la UCI no ha cesado de investigar entre los profesionales sobre la posibilidad de que algunos utilicen motores eléctricos camuflados en los tubos de los cuadros o en el eje del pedalier, aportando de esta manera una potencia extra, lo suficiente para marcar las diferencias. Este pasado fin de semana, en el Mundial de ciclocross de Zolder, los comisarios de la UCI han encontrado una bicicleta trucada que llevaba Van den Driessche, una joven belga de 19 años, campeona de Europa de su categoría, que disputaba la prueba sub’23.

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Brian Cookson, presidente de la UCI, ha comparecido ante los medios de comunicación en cuanto las bicicletas con motor se han convertido en un fantasma, en una pesadilla que cada año costaba miles de euros investigar en el Tour, Giro, Vuelta o grandes clásicas. La mayoría habían perdido la fe y consideraban este tipo de dopaje una fantasía más propia de la ciencia ficción. Los vídeos de los mecánicos escondiendo rápidamente las bicicletas también pertenecían al mundo de las especulaciones.

«Durante años se ha evocado el dopaje mecánico pero, ahora, sabemos que los corredores utilizan estos procedimientos con certeza», explicó Cookson en rueda de prensa. El máximo dirigente del ciclismo mundial no dio más detalles sobre la argucia que empleó la ciclista belga. Cookson añadió que, a partir de ese momento, se iban a endurecer los controles tecnológicos.

El reglamento contempla sanciones de hasta seis meses de suspensión para este tipo de dopaje y multas que llegan a los 900.000 euros para el equipo que las cometa, pero Patrice Lefervere, mánager del equipo profesional reclamaba «la suspensión de por vida para los tramposos».

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